Me suelen preguntar qué quise hacer con las obras.
En principio y en concepto general es mi objetivo lograr que mi obra algo modifique en el corazón del otro, que inquiete,
que ponga en movimiento el espíritu y cuestione y viva. Entendiendo e incluyendo en todo esto la aceptación o no de lo que se ve en ella, desde ella,
o lo que el espectador reconstruya, en definitiva como artistas no solemos enterarnos siempre de qué le pasó a quién conectó con las obras.
Y no podemos, al menos yo no puedo trabajar en función de esa aceptación externa.
Cuanto más genuina sea mi conexión conmigo, con mi sí mismo, más genuina será mi conexión con el resto.

Si me ubico en otro polo de lo que estoy explicando, podría decir, que es mi inquietud que mi obra carezca de indiferencia.
Algo que más allá de mi deseo no está en mis manos controlar. Por lo tanto el ejercicio de la aceptación es continuo.
Estoy convencida que el espectador es el que concluye la obra. La completa con su propia vivencia, la re-crea.
Esto no significa que esta completud del espectador complete al artista. Ni que la Completud del artista satisfaga las expectativas del espectador.

Volviendo a la pregunta inicial, suelo empezar como quién entra en ciudades desconocidas
y camina y va más y más y más allá, descubriendo los distintos paisajes internos (en mi caso abstractos)
hasta que decide quedarse allí, en el  paisaje elegido que pasará a ser  la obra concluida o al menos el territorio donde indagar.
La preparación de la tela, la elección de las texturas y sobre todo la primera pincelada son la puerta que se me revela,
o que me dicta ese vacío que ansía ser llenado y allí entro y camino.

Habitarme en mi obra, implica ver los acontecimientos que en ella se producen, si una forma baja o sube y un color la atraviesa y una textura pasa, es que algo sucede.
Como en la vida misma es un continuo suceder, siempre algo ocurre y se superpone y reaparece y se yuxtapone. O inclusive, es memoria.
Una textura, un color, dos, tres, son un engranaje de acontecimientos que me permiten capturar o vivenciar una esencia tal vez inexplicable.
Sin descartar el silencio, el anhelado silencio tan inasible y tan fuera del tiempo.
Es la pintura y la poesía, y el pensamiento poético a mi espíritu como el agua a la sed.
Y es mi convencimiento que cuanto más genuino sea el artista para consigo, para con su búsqueda, más genuina será la entrega.

 

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